Karl Koch – El hacker que vendió secretos al KGB

Karl Koch no era un hacker cualquiera. Era un chaval obsesionado con las conspiraciones, enganchado a la cocaína y convencido de que los Illuminati controlaban el mundo. Y con 20 años, vendió secretos militares americanos al KGB. Esto no es una película. Bueno, sí lo es. Pero primero fue real.

Karl Koch no era un hacker cualquiera. Era un chaval obsesionado con las conspiraciones, enganchado a la cocaína y convencido de que los Illuminati controlaban el mundo. Y con 20 años, vendió secretos militares americanos al KGB.

Esto no es una película. Bueno, sí lo es. Pero primero fue real.

Los Illuminati y un libro que lo cambió todo

Karl Werner Lothar Koch nació el 22 de julio de 1965 en Hannover, Alemania. En 1979, su padre le regaló un libro que le marcó para siempre: «Illuminatus!» de Robert Anton Wilson y Robert Shea. Una trilogía de novelas sobre conspiraciones, sociedades secretas y el número 23.

Karl se obsesionó. Con el libro, con las conspiraciones y con el número 23. Tanto que cuando compró su primer ordenador en 1982 con el dinero que ganaba como delegado estudiantil, lo bautizó como «FUCKUP». No era un insulto cualquiera, era el acrónimo de «First Universal Cybernetic-Kinetic Ultra-Micro Programmer», sacado directamente de la trilogía.

Su alias en el mundo hacker fue «Hagbard», por Hagbard Celine, un personaje del libro.

El grupo que hackeó al Pentágono

En 1985, Karl fundó el Computer-Stammtisch en un pub de Hannover, que acabó convirtiéndose en la sede del Chaos Computer Club de Hannover. Sí, el mismo CCC del que hablé cuando escribí sobre Wau Holland y sobre Tron.

Junto con otros tres hackers – Dirk-Otto Brezinski (DOB), Hans Heinrich Hübner (Pengo) y Markus Hess (Urmel) – Karl empezó a entrar en sistemas militares americanos. Bases militares, redes del Pentágono, la base de datos OPTIMIS. Se estima que entre todos hackearon más de 400 ordenadores militares de Estados Unidos.

Y lo vendieron todo al KGB.

Espías a cambio de cocaína

El KGB pagó un total de 90.000 marcos alemanes al grupo por la información robada. Para Karl, ese dinero tenía un destino claro: la cocaína.

Porque Karl no solo era un hacker brillante. Era un chaval con problemas serios. Desde el instituto consumía hachís, Valium y Tavor. Dejó los estudios. Su rendimiento académico se desplomó. Y cuando empezó con la cocaína, todo se aceleró.

Era inestable, paranoico y estaba convencido de que «fuerzas oscuras» le perseguían. No ayudaba que, de hecho, estuviera vendiendo secretos militares a los soviéticos en plena Guerra Fría.

El principio del fin

Las cosas se torcieron cuando las autoridades empezaron a cerrar el cerco. Uno de los miembros del grupo, Pengo, se entregó y colaboró con los investigadores. Karl aceptó cooperar con la fiscalía.

Pero nunca llegó a declarar.

Quemado en un bosque

En mayo de 1989, Karl salió de su trabajo para ir a comer. No volvió. Su jefe le denunció como desaparecido.

El 1 de junio de 1989, la policía encontró su coche abandonado en un bosque cerca de Celle. A pocos metros, los restos de Karl Koch. Estaba quemado. Solo quedaban huesos. No tenía zapatos.

Dictaminaron suicidio.

El número 23

Y aquí viene lo que a cualquier persona le pone los pelos de punta.

Karl Koch murió el 23 de mayo. Del mes 5. En su año 23 de vida.

23.5.23

Era el número con el que estaba obsesionado, el mismo que aparecía en la trilogía Illuminatus y que, para Karl, lo significaba todo.

¿Casualidad? ¿Mensaje? ¿Montaje?

Nunca lo sabremos.

La película

En 1998, se estrenó la película «23 – Nichts ist so wie es scheint» (23 – Nada es lo que parece). Es una película alemana que cuenta la historia de Karl Koch. Si te interesa el tema, búscala. Merece la pena.

¿Por qué cuento esto?

Porque la historia de Karl Koch es un recordatorio de varias cosas.

La primera: que la ciberseguridad no nació con los ransomware. En los años 80, unos chavales con ordenadores caseros estaban entrando en el Pentágono. Sin internet como la conocemos hoy. Sin herramientas automatizadas. Con ingenio y un teléfono.

La segunda: que el hacking tiene consecuencias reales. Karl vendió información a una potencia extranjera. Eso no es un juego. Y las consecuencias – ya fueran el suicidio por la presión o algo peor – fueron definitivas.

Y la tercera: que detrás de los alias, los pseudónimos y las hazañas técnicas hay personas. Con sus problemas, sus adicciones y sus miedos. Karl Koch no era un supervillano. Era un chaval de Hannover que se metió en algo demasiado grande.

Tenía 23 años.

Si quieres conocer al hacker que cazó a su compañero Markus Hess, no te pierdas el siguiente artículo. Porque esa historia empieza con 75 céntimos.

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