En el artículo anterior te conté la historia de Karl Koch, el hacker que vendió secretos al KGB. Hoy te voy a contar cómo cazaron a uno de sus compañeros. Y empieza de la forma más absurda posible.
Con una diferencia de 75 céntimos.
Un astrónomo que no pintaba nada ahí
Estamos en 1986. Cliff Stoll es un astrónomo. Sí, un tío que mira estrellas. Pero su contrato en el Lawrence Berkeley National Laboratory (LBNL) en California se ha terminado y le han recolocado como administrador de sistemas. Básicamente, el que mantiene los ordenadores del laboratorio.
Su jefe le pide que resuelva un error contable. Alguien ha usado 9 segundos de tiempo de computación y no ha pagado. 75 céntimos.
Cualquier persona normal habría ajustado el número y a otra cosa. Pero Cliff no era una persona normal. Era un astrónomo. Y los astrónomos no dejan cabos sueltos.
El hilo del que nadie debería haber tirado
Cliff empezó a investigar esos 9 segundos. Y descubrió que alguien se había conectado al sistema sin autorización. Un usuario fantasma que no debería existir.
En vez de reportarlo y olvidarse, Stoll decidió vigilar al intruso. Montó un sistema casero de monitorización — impresoras conectadas a los módems que imprimían todo lo que hacía el hacker en tiempo real. Se llevaba un colchón a la oficina para vigilar por las noches.
Lo que descubrió le dejó helado.
El hacker no estaba jugando. Estaba entrando en bases militares americanas. Buscaba archivos con palabras como «nuclear», «SDI» (Iniciativa de Defensa Estratégica) y documentos clasificados del Pentágono. Base tras base. Red tras red. Había entrado en más de 400 ordenadores militares.
El primer honeypot de la historia
Stoll tenía un problema. Sabía que alguien estaba robando información militar, pero nadie le hacía caso. El FBI no quería saber nada. La CIA tampoco. La NSA le mandó a paseo. Para todos era «un problema informático», no espionaje.
Así que Cliff se inventó algo brillante.
Creó un departamento ficticio en el laboratorio. Lo llamó «SDInet», como si fuera un proyecto de la Iniciativa de Defensa Estratégica. Inventó una secretaria ficticia llamada «Barbara Sherwin». Llenó la cuenta de archivos con textos que sonaban muy oficiales pero no decían nada real.
Era una trampa. Lo que hoy llamamos un honeypot. Stoll fue el primero en usar uno.
Y funcionó.
El hacker picó. Se obsesionó con los archivos de SDInet. Estuvo horas descargándolos. Y eso le delató.
Markus Hess, el hacker del KGB
Gracias al tiempo que el hacker pasó conectado al honeypot, la Deutsche Bundespost (la operadora telefónica alemana) pudo rastrear la llamada hasta un apartamento en Hannover, Alemania.
El hacker se llamaba Markus Hess.
Hess no trabajaba solo. Era parte del mismo grupo que Karl Koch — del que hablé en el artículo anterior. Junto con Dirk Brzezinski y Peter Carl, llevaban años vendiendo información robada de ordenadores militares americanos al KGB. Cobraron 54.000 dólares por todo.
Hess fue detenido el 29 de junio de 1987. El juicio fue en 1990. Cliff Stoll voló a Alemania para testificar.
¿La condena? 20 meses de libertad condicional. Ni un día de cárcel.
Hess había hackeado 400 ordenadores del Pentágono, había vendido información clasificada a los soviéticos, y no pisó la cárcel. En los años 80, las leyes contra el cibercrimen no existían.
El libro que lo cambió todo
Cliff Stoll escribió un libro sobre la experiencia: «The Cuckoo’s Egg: Tracking a Spy Through the Maze of Computer Espionage». El huevo del cuco. Publicado en 1989.
Se convirtió en un clásico. Probablemente el primer libro de ciberseguridad que puedes leer como una novela de espías, porque lo es. Todo lo que cuenta pasó de verdad.
¿Por qué «el huevo del cuco»? Porque el cuco pone sus huevos en nidos ajenos. El polluelo del cuco nace, echa a los demás y los padres adoptivos ni se enteran. Markus Hess era el cuco. Los ordenadores del Pentágono eran el nido.
Récord Guinness
El caso de Markus Hess está registrado oficialmente en el Guinness World Records como el primer caso documentado de ciberespionaje de la historia.
No fue un ataque sofisticado con malware avanzado. Fue un tío con un ordenador, un módem y paciencia, que se conectaba por la noche a bases militares americanas y copiaba archivos.
Y lo cazó un astrónomo con un colchón en la oficina y una impresora conectada al módem.
¿Qué aprendemos de esto?
Varias cosas.
La primera: que la ciberseguridad empieza por prestar atención a las cosas pequeñas. 75 céntimos. 9 segundos de uso no facturado. Cualquier otro habría pasado de largo. Cliff no lo hizo.
La segunda: que la ingeniería social funciona en ambas direcciones. Hess usaba técnicas de hacking para entrar en sistemas. Stoll usó ingeniería social inversa — un honeypot — para cazarle. El engaño como defensa.
La tercera: que cuando nadie te hace caso, a veces tienes que hacerlo tú solo. El FBI, la CIA y la NSA ignoraron a Stoll durante meses. Él siguió adelante con impresoras, colchones y café.
Y la cuarta: que las leyes siempre van por detrás de la tecnología. Hess hackeó 400 sistemas militares y vendió secretos al KGB. Condena: 0 días de cárcel. Esto en 2026 sería impensable. En 1990, era la realidad.
No he leído «The Cuckoo’s Egg». Pero es el mejor libro para entender cómo empezó todo, según la comunidad.


